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La otra pandemia

Columna de opinión y reflexión en tiempos de cuarentena

Autor: Gerardo Cabrera Fecha de publicación: 20/03/2020

Hoy estamos metidos en medio de una cuarentena por una enfermedad que no llegaría a nuestro país, según un ministro que ya no habla tanto. Tal vez porque sabe tanto o tan poco de esta pandemia como cualquiera de nosotros. Será porque no quiere contar cosas que sospechamos pero no sabemos. Esas cosas que hace que gente con poder, o allegada a él, se suba a aviones refugiándose en lejanas casas sureñas o paradisíaco sector de una isla, alejada de los pobres que la habitan.

Nos preocupa y ocupa a todos el contagio. Pensamos en nuestros abuelos, en nuestras parejas, en nuestros hijos y nuestros nietos. No queremos el caos, ni situaciones apocalípticas. Si volver a abrazarnos y compartir un mate. Pero para algunos, que estamos fuera de la bajeza del partidismo político nos preocupa además de la enfermedad, la capacidad de aquellos que nos gobiernan.

De la negación de una pandemia evidente, pasaron a asignarse partidas especiales en el congreso. Fueron las redes sociales las que evidenciaron la inmoralidad de ese acto reflejo del ventajero político. El mismo reflejo con que salieron en las mismas redes a decir que "donaban" esa partida especial a un hospital. Pero quedó una pregunta sin responder:
¿Para qué tenemos un país con un estado inmensamente pesado, costoso, que nos agobia de impuestos si en cada situación nueva debe recurrir a excepcionales partidas o impuestos?

Nos queda el sabor amargo de darnos cuenta que la ineficiencia estatal es un gran negocio para la política.

A mediado de los años treinta, mi mamá, hoy de casi noventa y uno padeció, lo que luego azotaría como epidemia con más de seis mil quinientos casos fatales; poliomielitis.

A pesar de que ella siempre dice que la memoria le falla, yo creo que adolece de una premeditada memoria selectiva, solo es cuestión de dejarla hablar y hacerle un par de preguntas para que desarrolle un recuerdo vívido lleno de detalles.

Posiblemente, su vieja profesión de maestra ayuda a su desarrollo simple, didáctico, con pequeños desvíos que salpican el relato con coloridas pinceladas.

De aquella enfermedad, le quedan marcas en el cuerpo. Una pantorrilla mucho más delgada que la otra. "Mi pata fina" nos diría siempre. ¿Mamá que sentiste? ¿Cómo fue? ¿Te dolía? Pregunté desde muy chico. Me intrigaba. Sobre todo cuando andando por las calles de mi pueblo, veíamos gente de su generación en sillas de ruedas, o muletas. Los afortunados sobrevivientes que escaparon de la muerte. Mamá una de las más afortunadas, solo una pierna delgada que no evitó que ejerciera la docencia por más de tres décadas y criara cuatro hijos.

Estamos a cien kilómetros de distancia con nuestras ciudades cerradas. Pero el teléfono nos acerca.

-¿Como le va?

- ¡Gerardo! ¿Qué te pasó que me llamás entre semana? (siempre charlamos los domingos)

- Nada. Quería saber cómo andabas. De cómo te trata la cuerentena.

-¡Ja! Salgo tan poco que vivo hace rato de cuarentena. Ya casi tengo noventa y uno. Si es que llego con esta peste nueva. (Latiguillo permanente en cada conversación)

- Pero vos pasaste una muy brava, la poliomielitis.

- Si, esa fue hace mucho tiempo. Se decía que la contagiaban las gallinas. Tendría unos cinco años, vivíamos en el campo. Teníamos un gallinero muy grande. En aquella época, eran corrales muy grandes con cientos de gallinas, dentro había hasta árboles frutales. Del tanque del molino salía un caño con una canilla que estaba dentro del gallinero.

Me pasé toda una tarde jugando, haciendo muñecos de barro, corriendo las gallinas. Esas cosas con que nos entreteníamos en esos tiempos. Cosas de gurisa chica.

Recuerdo que no pude dormir esa noche. Molesté a mamá todo el tiempo llamándola. Por la mañana ya no podía caminar.

Mamá me cuidó cada día. Después de la fiebre me mantenía atada. No sé si sabes que en aquella época a los gurisistos nos ataban como momias.

Todos los días me hacía caminar, me ejercitaba. Me caía, no me podía mantener en pié. Mamá insistía. Me caí, me caí y me volví a caer. Pasaron unos años hasta que un día no me caí más. Aprendí a caminar de nuevo.

- La abuela nunca quiso hablar del tema.

- Es que mamá creía que hablar de cosas malas era atraerlas. Pero la epidemia grande fue unos años antes de la inundación (1959) ¡esa sí estuvo brava! Pintaban los árboles con cal hasta un metro y medio. Después dijeron que no servía para nada. Que lo contagiaban las gallinas, que pintar los árboles… nadie sabía nada. Ni los médicos, ni los políticos ni nadie. Mucha gente iba a la iglesia con curas sanadores o curanderos. Un desastre hicieron.
Hasta que salió la vacuna. Por eso siempre los vacuné a ustedes (por nosotros, sus hijos) para todo lo que había.

Seguimos charlando de otros temas, de la familia, de las cosas de siempre.

Hace ochenta y cinco años mi madre padeció poliomielitis. Los médicos no sabían cómo curarla, tratarla pero lo intentaban. Los medios de ese momento difundían desde curas milagrosas, publicidades de ungüentos o pociones cuasi mágicas. Los políticos eran quienes menos sabían, pero imponían.

Como sociedad no avanzamos, y en algunos sectores retrocedimos. Para disimular se cambian los nombres. De toldería a villa miseria, a villa de emergencia, a asentamiento urbano. Del orgullo del "cuadro de honor" en la primaria de los 70 a no saber que se lee en la secundaria del siglo XXI.

Pasamos de responsabilizar las gallinas y pintar los árboles de hace ochenta años, a hay enfermedades más graves y no llegará porque estamos en verano de hoy.

Mientras termino de escribir esto, veo una "notera" en la televisión, que camina por las calles de Buenos Aires, criticando a los que salieron, con un micrófono envuelto en plástico que revolea, sopla y aspira compartiéndolo con cada eventual entrevistado.

Mientras algún científico busca una cura para todos nosotros, una ordenanza pasa el trapo de piso en los pasillos del hospital, un camillero corre, las enfermeras se apuran y los médicos intentan. Ellos se arriesgan.

Tal vez, los niños dejen los disfraces del Capitán América, o el Hombre Araña, y corran por la casa con un ambo y un estetoscopio de juguete, pretendiendo ser un verdadero héroe.

Tal vez, solo tal vez, en esta oportunidad aprendamos.

Gerardo Cabrera Lic. en Sociología
Lic. en Administración de Empresas

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