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La bala Minié y su Historia - Segunda Parte

El porqué de su trascendencia histórica en el ámbito Militar y en la Medicina de Guerra

Autor: Oscar Enrique Vanzetti Fecha de publicación: 16/05/2016

La bala Minié tiene el dudoso honor de ser la causante de más del 90% de las heridas producidas en la Guerra Civil Americana. Por otro lado, la aparición de la fotografía permitió que el público de las ciudades conociera de primera mano las pavorosas matanzas que tenían lugar en el frente de combate, ya que los periodistas enviaban a sus casas centrales fotografías de los caídos, muchas veces preparadas, para causar un mayor impacto emocional entre el público lector.

FIGURA N° 20: Fotografía de un soldado de la Confederación caído en combate en Virginia (Tomado de: Las balas Minié y sus terribles efectos. 2ª parte).

Las características constructivas del misil Minié, de gran calibre, elevada velocidad (que a veces superaba la velocidad del sonido a nivel de la boca de fuego) y de plomo blando a fin de poder tomar con mayor facilidad las estrías del cañón, ya que según algunos autores no estaba aleado con antimonio ni estaño, sufría una marcada deformación al impactar contra un cuerpo humano, lo que podía hacer aumentar su diámetro al triple de sus dimensiones normales. La energía cinética que transportaba el proyectil, mayor a menor distancia del blanco, era suficiente para producir gran destrucción de tejidos blandos, especialmente cuando se fragmentaba durante su trayectoria intracorpórea, incrementando con ello el volumen de tejidos vulnerados.

FIGURA N° 21: Bala Minié deformada luego de un impacto.

Por su gran masa o peso, si el disparo se hacía a más de 150 ó 200 metros, el proyectil perdía mucha velocidad y energía y con frecuencia la bala quedaba "anidada" dentro del cuerpo del impactado. Pero en el caso de que lo perforara el orificio de salida era de gran tamaño y de bordes muy irregulares, con un diámetro que superaba holgadamente al orificio de entrada. En numerosas oportunidades el proyectil penetraba acompañado de trozos de tela del uniforme o de otros elementos que contaminaban la herida, favoreciendo con ello la aparición de infecciones que con frecuencia resultaban mortales.

Cuando el proyectil mencionado impactaba contra una superficie ósea, principalmente huesos largos de los miembros superiores o inferiores, originaba una importante lesión con gran pérdida de tejido muscular y óseo a lo que se agregaba en este último, generalmente, una amplia zona fracturaría, ocasionando una lesión que se le hacía muy difícil al cirujano de poder reconstruir con las técnicas quirúrgicas de esa época. A fin de evitar la muerte del herido por la aparición de infecciones sobreagregadas, tales como la septicemia o la gangrena, el cirujano procedía a la amputación del miembro herido, para lo cual habían desarrollado, dadas las circunstancias, técnicas y habilidades destacadas.

Se dice que cerca del 75% de todas las operaciones realizadas durante esta guerra, aproximadamente unas 60.000 cirugías fueron amputaciones.

Había quienes criticaban el accionar médico diciendo que abusaban del uso de la sierra, ya que amputaban brazos y piernas tan rápidamente como los hombres podrían ser colocados en las mesas de operaciones (muchas veces improvisadas), previamente sometidos a la acción anestésica del cloroformo o del éter. Pero los cirujanos realmente no tenían otra opción ni tiempo, durante el fragor de la batalla, aunque hubiesen tenido las habilidades y recursos para intentar una cirugía reconstructiva.

FIGURA N° 22: Pintura del soldado Lemon mostrando la pierna amputada. (National Museum of Civil War Medicine).

En la figura n° 22 se puede observar al soldado George W. Lemon que había sido herido, en 1864, por un disparo de arma de fuego en la pierna izquierda. Capturado por los Confederados, el tratamiento de su herida fue retrasada y padeció infecciones a repetición hasta que finalmente le fuera amputada la pierna.

Estas frecuentes amputaciones hicieron que los médicos militares tomasen con la debida seriedad constancia escrita de las lesiones y del tratamiento realizado (trabajo que, dicen algunos autores, se hacía desde bastante tiempo antes), ya que las imágenes que llegaban a la población civil a través de los informes periodísticos, provocaban dudas acerca de la capacidad y eficacia de los procedimientos que se utilizaban en el tratamiento de los heridos y enfermos.

Durante esta guerra ya se contaba con la ayuda del éter y del cloroformo para lograr la anestesia general del paciente para el tratamiento de las heridas y, si bien ambos estaban en uso aproximadamente desde el año 1840, el cloroformo (usado por primera vez en 1831) fue más utilizado que el éter (usado por vez primera en 1842), ya que el primero tenía una acción relativamente más rápida y no era inflamable como el éter. Ambas drogas se convirtieron en herramientas indispensables para los médicos militares y civiles que realizaron miles de amputaciones y otros tipos de procedimientos quirúrgicos, tanto para los soldados de la Unión como para los Confederados.

FIGURA N° 23: Pila de piernas amputadas en un hospital de campaña (Tomado de: Las balas Minié y sus terribles efectos. 2ª parte).

Debe tenerse en cuenta que para esa época todavía no estaba totalmente difundida y aceptada entre la comunidad médica la acción de los gérmenes como productores de infecciones, tal como lo demostrara Louis Pasteur con sus investigaciones y posterior descubrimiento, el cual fuera anunciado por el propio científico en La Sorbona (París), en 1864. Tampoco se conocían los beneficios de la utilización de antisépticos para la desinfección de heridas y del instrumental quirúrgico, entre otras cosas, lo cual fuera descubierto y preconizado por Joseph Lister en 1867. En consecuencia los cirujanos no realizaban el lavado de sus manos ni antes ni después de las cirugías ni tampoco del instrumental utilizado para ellas, y los vendajes de las heridas, en muchas ocasiones, se efectuaba con telas sucias de sangre o de otros elementos que producían rápidas y letales infecciones.

Los cirujanos, tanto militares como civiles que atendían a los heridos, no eran en su totalidad expertos cirujanos, a lo que se sumaba que trabajaban en condiciones inadecuadas, con escasos recursos y en lugares insalubres como eran los hospitales de campaña o las casas de familia usadas para tal fin, donde reinaba la suciedad y el hacinamiento, todo lo cual favorecía la contaminación e infección de las heridas que llevaban, en su gran mayoría, a la muerte del paciente.

Se cree que alrededor de 16.000 médicos prestaron servicio durante esta Guerra Civil y un muy bajo porcentaje de ellos nunca había practicado cirugía, pero el tener que trabajar con miles de víctimas hizo que aprendieran apresuradamente los procedimientos rudimentarios de cirugía de la época, especialmente el de realizar amputaciones de urgencia.

FIGURA N° 24: Una de las sierras para amputación.

Pero el cuerpo médico actuante durante esta guerra no sólo tuvo que tratar las graves heridas producidas por los proyectiles Minie, las bayonetas y la metralla provocada por los disparos de cañón. Aproximadamente dos tercios (63%) de las muertes ocurridas entre las tropas de la Unión lo fueron por enfermedades como la malaria, sífilis, desnutrición, cólera, escorbuto, fiebre tifoidea, disentería, paperas, el sarampión o la tuberculosis. Estas enfermedades se hallaban diseminadas entre los campamentos poblados de hombres mal alimentados, que vivían en un ambiente inclemente y con malas condiciones higiénicas, con un sistema inmunitario debilitado por el estrés de una guerra larga y cruel, todo lo cual favorecía la aparición de los mencionados padecimientos.

El 95 % de los muertos y heridos en esta guerra lo fueron por heridas de armas de fuego portátiles, predominando las ocasionadas por disparos de fusil. Las ocasionadas por amas blancas y bayonetas sólo alcanzaron el 1% y las ocasionadas por metralla de artillería el 4%.

Pero eran las severas heridas ocasionadas por el proyectil Minié a cientos de soldados en una misma batalla (juntamente con las lesiones provocada por otras causas), lo que provocaban verdaderas avalanchas de heridos que hacían colapsar el accionar médico en los hospitales más cercanos al campo de combate, muchas veces improvisados, tal como expusiera anteriormente, donde eran frecuentes las amputaciones de miembros, ya que éstos galenos tenían la consigna de, primero, salvar la vida del herido y, luego y si era posible, salvar el miembro afectado, máxima todavía vigente en la cirugía de urgencia actual.

FIGURA N° 25: Fémures con heridas ocasionadas por los proyectiles Minié. (Tomado de: Las balas Minié y sus terribles efectos. 2ª parte).

Las fotos que se muestran en la figura N° 25 corresponden al extremo distal de dos fémures provenientes de combatientes de la Guerra Civil Americana o Guerra de Secesión. En ambos podemos observar lo que supongo es un gran orificio de entrada (OE) y una enorme oquedad por pérdida de tejido óseo y, también, grandes trazos de fracturas que se irradian a partir de dicho orificio. Lógicamente, esta herida se debió acompañar de gran destrucción del tejido muscular, ligamentos y tendones que rodeaban a la zona afectada. Se puede decir que lo que muestran estas figuras es la expresión gráfica de las lesiones que producían los proyectiles Minié al impactar en el tejido óseo, lo cual condice con lo expresado en los informes médicos de la época.

Se puede colegir que la gran destrucción de tejidos que producía un proyectil Minié cuando impactaba en huesos de los hombros o de la cadera y dejaba muy poco tejido para amputar, la cirugía se tornaba más complicada de efectuar. En la figura de abajo (n° 26) se puede ver cómo en caso de una grave herida en los miembros superiores, por ejemplo, se mutilaba el brazo completo o sólo el hueso comprometido, realizando la extracción de la cabeza del húmero desarticulándolo a nivel de su unión con el omóplato.

FIGURA N° 26: Esquema que muestra la separación de la cabeza del húmero con el resto del cuerpo (Tomado de: Las balas Minié y sus terribles efectos. 2ª parte).

En la figura N° 27, se puede ver a la mitad superior de un hueso del brazo (húmero) donde se observa una lesión por herida con una bala Minié que guarda las características lesionales antes mencionadas. La actitud del cirujano en estos casos era la amputación por encima de la lesión o si ésta era muy extensa se procedía a extraer completamente el hueso, como mencionara anteriormente, para salvar la vida del herido.

En algunas oportunidades si la lesión de un hueso largo por el proyectil estaba localizada y además infectada, el cirujano procedía a extraer la parte ósea afectada y luego a unir los extremos sanos, quedando el miembro lesionado más corto de lo normal (por ejemplo, un brazo).

Las lesiones producidas a nivel de la bóveda craneana y de la cara también tenían la característica de ser de grandes dimensiones y de causar lesiones generalmente mortales de inmediato, tal como se puede ver en la figura n° 28 donde un proyectil Minié entró por debajo del ojo derecho, con una trayectoria de izquierda a derecha y de abajo hacia arriba, con un gran orificio de salida que compromete la apófisis mastoidea y parte del parietal del mismo lado. Sin duda esta herida produjo la muerte inmediata del sujeto impactado.

FIGURA N°27: Parte de un hueso húmero (brazo) proveniente de la Guerra de Secesión impactado por un proyectil Minié.

Cuenta la historia que el mayor general John B. Sedgwick de la Unión, en mayo de 1864, fue el primer oficial de tan alto rango muerto por una bala Minié disparada a más de 1000 yardas (914,4 metros) desde el fusil de un tirador especial Confederado. Se cuenta que el general Sedgwick había visto al tirador pero sin darle importancia ya que creía que no podía a tal distancia "ni pegarle a un elefante". El proyectil de calibre .58 que ingresó por debajo de su ojo izquierdo le ocasionó la muerte instantánea.

Pero las condiciones sanitarias y los medios con que se atendía al personal enfermo y herido se irían mejorando con el paso del tiempo, con la toma de decisiones adecuadas y acertadas, ya que las frecuentes y permanentes demandas del personal aquejado obligaron al gobierno de la Unión a acelerar el progreso tecnológico y científico de la medicina, comenzándose a difundir nuevos procedimientos sobre el cuidado de los pacientes y de tratamientos más actualizados y beneficiosos.

FIGURA N° 28: Lesión producida por un proyectil Minié que impactó en la cara de un soldado de la Guerra Civil (Tomado de: Las balas Minié y sus terribles efectos. 2ª parte).

Jonathan Letterman (1824-1872) fue un cirujano estadounidense creador de los métodos modernos de organización médica en ejércitos y campos de batallas. Fue nombrado director médico del Departamento de Virginia Occidental en mayo de 1862, y un mes más tarde el Cirujano General del Ejército de Estados Unidos William A. Hammond le otorga el rango de mayor, habiendo obtenido Letterman carta blanca para hacer lo que fuera necesario para mejorar el sistema sanitario militar. Para ello estableció y organizó, siguiendo una metodología militar, hospitales de campaña móviles. También ideó un sistema de estaciones de primeros auxilios donde se aplicaron por primera vez los principios del "triage", útil para considerar que herido debía ser atendido con mayor presteza y cual podía esperar y, además, estableció para estos casos procedimientos de atención estandarizados. Todo esto estaba conectado, en agosto de 1862, a un eficiente cuerpo de ambulancias bajo el control de personal médico, estableciendo además un sistema eficiente para la distribución de suministros médicos. El sistema de organización del mayor médico J. Letterman permitió a miles de hombres heridos ser recuperados y tratados durante la guerra civil americana. Hoy tiene el honor de ser reconocido como el "padre de la medicina del campo de batalla". Letterman dimitió del ejército en diciembre de 1864, antes del final de la Guerra Civil, y se trasladó a San Francisco, California, donde finalmente publicó sus memorias en 1866 bajo el título de "Medical Recollections of the Army of the Potomac" (Recuerdos médicos del Ejército del Potomac). (26)

Al final de la guerra, nuevos hospitales bien diseñados, bien ventilados y limpios, contribuyeron grandemente a disminuir la tasa de mortalidad de enfermos y heridos. Todo ello junto con técnicas quirúrgicas más perfeccionadas, un buen control de enfermería y adecuadas medidas higiénico-dietéticas.

FIGURA N° 29: Dr. Jonathan Letterman.

Las mujeres, aproximadamente unas 4.000 y que se ofrecían voluntariamente, también ejercieron un rol destacado durante esta guerra desempeñando múltiples e importante funciones. Esto significó un extraordinario mérito ya que se llevó a cabo en una época donde el accionar de las damas estaba relegado a ejercer funciones dentro del ámbito hogareño y, por ello, proscriptas de participar en actividades bélicas. Se merece distinguida consideración la señora Clara Barton por su humanitaria tarea en el campo de la enfermería y por ser la fundadora de la Cruz Roja de Estados Unidos.

FIGURA N° 30: Clara Burton (Tomado de: Civil War Medicine).

"Como los médicos y enfermeras se familiarizaron grandemente con la prevención y tratamiento de enfermedades infecciosas, con el manejo de los anestésicos y las mejoras en las técnicas quirúrgicas, la medicina fue catapultada a la era moderna con una atención de calidad. Los datos médicos publicados sobre el tratamiento y diagnósticos de las enfermedades ocurridas durante esta guerra, incluido los registros de las historias clínicas, informes de autopsias, registros de fotografías y de los seguimientos postquirúrgicos fue, en su época, el primer estudio extenso y profundo en los cuales se analizaron estos procedimientos, siendo por ese motivo considerados por la comunidad médica de Estados Unidos y europea como la mejor contribución al futuro de la medicina".

FIGURA N° 31: Vista de un hospital diseñado con nuevos conceptos sanitarios de esa época (Biblioteca del Congreso).

Para reafirmar lo antes mencionado sobre las características de las lesiones producidas por la bala Minié, utilizaré los datos obtenidos de un trabajo presentado en la publicación "MILITARY MEDICINE" en el año 2009, perteneciente a la "Association of Military Surgeons of the US" (Asociación de cirujanos militares de los Estados Unidos).

En este estudio se comparan las características (simuladas) de las heridas producidas por dos tipos de proyectiles: a) proyectiles Minié disparados desde una réplica moderna de un fusil Springfield M. 1861 construido por la casa Colt de Estados Unidos, en calibre .58 (14,7 mm) como el usado en la Guerra Civil Americana; y b) un proyectil de características modernas, totalmente encamisado (full metal jacketed o FMJ) disparado desde un fusil original de origen Noruego llamado Krag-Jorgensen modelo 1895, en calibre .30-40 Krag (7,62 mm ó 7,62x59 R), igual a los utilizados por el Ejército de USA en la Guerra Hispano-Estadounidense en 1898 (también conocida como Guerra de Cuba o Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana), siendo éste el primer arma larga a cerrojo reglamentaria del ejército de ese país y además el primero en usar un cartucho cargado con pólvora sin humo.

FIGURA N° 32: Costado izquierdo del fusil Krag-Jorgensen.

Las balas Minié, en estas pruebas, tenían un peso aproximado de 29,7 gramos y el proyectil desarrollaba a nivel de la boca de fuego una velocidad inicial promedio (Vo) de 944 pies/segundo o pps (287,731 m/s). Las balas del Krag-Jorgensen tenían un peso promedio de 14,18 gramos y una velocidad inicial de aproximadamente 1852 pps (564,5 m/s), o sea casi el doble de las Minié. Las pruebas se realizaron disparando a bloques de gelatina balística al 10% ubicados a una distancia de tres metros y, posteriormente, se medían los diámetros de las cavidades dejadas por el pasaje de cada proyectil y la profundidad que él alcanzaba dentro de la gelatina, la cual, teóricamente, representaría aquí a los tejidos blandos elásticos del organismo humano.

Este procedimiento ya se hallaba estandarizado para la fecha de este estudio y es conocido en la actualidad como estudio del perfil de la herida, donde se miden las dimensiones de las llamadas cavidades transitorias y permanentes ocasionadas por el paso del misil. (Ver figura n° 33).

Los resultados de este estudio demostraron, finalmente, que las mediciones de las cavidades permanentes y transitorias fueron en los primeros 30 cm de la trayectoria, más grandes con las balas de Minié que las originadas por los proyectiles FMJ del fusil Krag-Jorgensen, lo que coincide, en este caso, con las dimensiones de un muslo humano promedio y coincidiría, por lo tanto, con el tipo de lesión grave encontrada en los heridos en huesos largos de los miembros superiores o inferiores durante esta guerra.

La cavidad temporaria máxima para el proyectil encamisado del fusil Krag-Jorgensen aconteció casi a 50 cm de profundidad, lo que significaría que ello ocurriría fuera de un torso humano de un espesor promedio, comenzando la misma a formarse aproximadamente a los 30 cm del orificio de entrada. O sea que el proyectil totalmente encamisado y con poca deformación tuvo una mayor penetración en la gelatina balística, lo que significaría que su efecto lesional en los tejidos blandos humanos de las extremidades serían menos destructivas que las originadas por un proyectil Minié, lo que representaría, en la práctica, la posibilidad de realizar menos amputaciones y de un mayor porcentaje de curaciones y sobrevida de los heridos, a lo que se debería agregar las mejoras en las técnicas quirúrgicas y a los primigenios procedimientos de asepsia, antisepsia, desinfección y esterilización utilizados en la época de la Guerra Hispano-Americana.

A este tipo de balas (y proyectiles) FMJ con menor capacidad de deformación y que producen heridas menos complicadas, desgarrantes o innecesariamente graves y con menor sufrimiento hoy se los llama, eufemísticamente, "humanitarias".

FIGURA N° 33: Características de las cavidades provocadas por un proyectil Minié calibre .58 (arriba) y la originada por un proyectil 30-40 Krag-Jorgensen (abajo).

Pero el canto del cisne para la bala Minié y las armas de avancarga rayadas ya estaba lanzado, pues en el curso de la Guerra de Secesión se asistió, por primera vez en la historia, a un grande e imparable desarrollo de armas y municiones que culminó con la llegada del cartucho con vaina totalmente metálica y el sistema de ignición incluida, lo que permitió la retrocarga y los sistemas a repetición como, por ejemplo, poseían el rifle Henry en calibre .44 Rimfire y la carabina Spencer, ambos usados en la Guerra de Secesión en relativas cantidades, utilizando también esta última arma una vaina de cobre y de fuego anular en el calibre .56 (14,2 mm), siendo posteriormente adoptado como reglamentario por el Ejército de Estados Unidos. Ambas armas fueron introducidas en 1860 e hicieron definitivamente obsoleto al fusil de avancarga y a la mencionada bala Minié a la cual se utilizó, en total, por un período de aproximadamente 20 años.

En armas de puño, algunos militares de diferentes rangos tanto del Norte como del Sur, llegaron a utilizar en esta guerra el revólver Smith&Wesson Modelo N° 1, que fuera el primer revólver de retrocarga y simple acción construido en EE.UU hacia 1857 y del que se fabricaron varias versiones. Todas ellas disparaban el poco potente cartucho con vaina totalmente metálica y de fuego anular (rimfire) en calibre .22 short (5,6 mm), cargado con pólvora negra.

FIGURA N° 34: Revólver Smith&Wesson Modelo N° 1, calibre .22 Short Rimfire.

Muchas conclusiones podemos hacer acerca de esta bala Minié para justificar su entrada, imperecedera, en la historia de las armas de fuego. Ella no sólo indujo a cambiar, para que evolucionaran, las anticuadas tácticas militares de la época que posteriormente, por la renuencia a adoptarlas por los estrategas de las grandes potencias militares de esos tiempos, se repitieron en la primera guerra mundial (los ataques en masa y la guerra de trincheras, por ejemplo), sino que también introdujo verdaderos adelantos y progresos en el campo de la medicina de guerra en lo referente al cuidado y atención de los enfermos y heridos por un cuerpo organizado de médicos y de enfermería, tanto en el ámbito clínico como en el quirúrgico, de lo cual se pudieron extraer enseñanzas que se extendieron por todo el mundo civilizado de la época, llegando algunos procedimientos a ser muy meritorios y cuyos principios fundamentales son tenidos en cuenta en el accionar médico de nuestros días, como por ejemplo el "triage" en el caso de bajas en masa, ya sean ocasionadas en guerras o por catástrofes o desastres ocurridos en el medio civil.

Pero, en mi humilde opinión, lo que no aprendió el hombre de entonces y que parece tampoco el de hoy, es que la guerra siempre significa un cruento flagelo donde se pierde el respeto a la dignidad de la persona humana y a su vida, y que justificarla con el término de "guerra justa" está fuera del ámbito del razonamiento y de los límites morales y éticos del ser humano.

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OTRA FUENTES BIBLIOGRÁFICAS CONSULTADAS
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Oscar Enrique Vanzetti Médico Legista

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